Por más que intenté explicar a doña Ester que me dedicaba a la antropología, ella seguía diciéndome
ingeniero. Caí en cuenta que no importaba cuánto insistiera ella seguiría en su
equívoco, así que decidí no volver a hablar del tema.
Tiempo después me encontraba como casi
todas las mañanas, desayunando en su puesto de memelas cuando le volvió la
duda.
—
¿y usted, qué está haciendo aquí ingeniero? —Me preguntó.
Ella escuchó mi respuesta dizque con mucha
atención, entonces se levantó de su silla, y caminó unos metros para señalarme
una casa.
—Joven,
yo creo que en este pueblo nadie necesita un ingeniero, pero en aquella casa se
les riega mucho el agua; debería ir a ver para arreglarles el problema, y con
eso se gana algo de dinero.
Bueno, nuevamente intenté volver a
explicar lo que estaba haciendo allí. Todo fue en vano.
Eso pasó hace mucho tiempo, en un lugar
bien lejos: dónde los cerros se fuman las nubes.