domingo, 21 de febrero de 2016

Diarios de campo

Por más que intenté explicar a doña Ester que me dedicaba a la antropología, ella seguía diciéndome ingeniero. Caí en cuenta que no importaba cuánto insistiera ella seguiría en su equívoco, así que decidí no volver a hablar del tema.
Tiempo después me encontraba como casi todas las mañanas, desayunando en su puesto de memelas cuando le volvió la duda.
¿y usted, qué está haciendo aquí ingeniero? Me preguntó.
Ella escuchó mi respuesta dizque con mucha atención, entonces se levantó de su silla, y caminó unos metros para señalarme una casa.
Joven, yo creo que en este pueblo nadie necesita un ingeniero, pero en aquella casa se les riega mucho el agua; debería ir a ver para arreglarles el problema, y con eso se gana algo de dinero.
Bueno, nuevamente intenté volver a explicar lo que estaba haciendo allí. Todo fue en vano.

Eso pasó hace mucho tiempo, en un lugar bien lejos: dónde los cerros se fuman las nubes.